martes, 7 de junio de 2011

El príncipe en busca del anillo que le corone rey

Al acabar el tercer encuentro de las finales entre Miami y Dallas, un periodista le preguntó a LeBron James acerca de su “mal partido” y dudando de su condición de “superestrella” en el momento de la verdad. LeBron fue contundente en su respuesta: “Creo que te estás fijando sólo en una parte. Y sólo estás viendo la hoja de estadísticas. Sinceramente, tengo dos maneras de jugar. Esta noche, D-Wade se encargó de la faceta ofensiva, por lo que le permitimos manejar la pelota. Podrías ver el partido otra vez y ver lo que hice yo en el aspecto defensivo y mañana me haces una pregunta mejor”. Más allá del carácter ególatra de LeBron (que lo tiene, y mucho, solo hay que recordar el “llevaré mis talentos a South Beach”), la respuesta a esa pregunta tiene una parte muy grande de verdad.

Sus detractores, siempre han criticado su juego individualista, su poca visión del juego, su egoísmo en el mismo (no solo en los tiros, sino en el hecho de querer acaparar los focos), su mal perder, sus declaraciones, su carácter teatrero (la magnesia al cielo del pabellón antes de empezar un choque, por ejemplo). Sus admiradores (los más rendidos) le llevan nombrando como rey de la liga desde que llegó a ella (número 1 del Draft 2003, el de Wade, Carmelo, Bosh, Amare…), le comparan con Jordan y le ponen algún paso por encima de Kobe Bryant (el, objetivamente, y junto a Tim Duncan, dominador de la liga en esta década). Sus otros admiradores (los más objetivos, si me tengo que meter en un grupo sería en este) ven a LeBron como un jugador que es capaz de hacer de todo en una pista de baloncesto y que encima cada año mejora un poco más, igual no en estadísticas, si en el modo que las hace, en sensaciones sobre la pista. Aunque de sus estadísticas se puede sacar un dato cuanto menos curioso. Cada año (desde los más de 1800 en la Regular Season del año 2006) tira un poco menos a canasta, y sus números en ataque no se han visto especialmente resentidos. Además sus números en asistencias, tapones y rebotes tienen una regularidad que asusta. LeBron se va a un 27-7-7 cada año casi sin querer, e incluso se ha especulado sobre si puede acabar algún año con media de triple doble. Algo que solo Oscar Robertson consiguió hace 50 años.



Pero quien quiera mirar números, que los mire, que para eso están, pero yo quiero resaltar otra cosa, lo que se ve en la pista más allá de los fríos guarismos. En estos Playoffs hemos visto a LeBron parar, y bien, a dos fueras de serie como Pierce y Rose (lo del MVP en los últimos cuartos frente a James es para verlo varias veces, y no a favor del de Chicago precisamente). Le hemos visto liderar remontadas cuando Wade pasaba más desapercibido y llevar él el peso anotador cuando Flash no aparecía. James ha promediado 30 puntos en las victorias contra Celtics y más de 20 (sumados a la defensa sobre Rose en momentos calientes) contra Bulls. Hasta la final nadie dudaba que James (junto con Dirk Nowitzky, seguro), era el MVP de estos Playoffs. Una vez que el capitán de los Heat se ha presentado, y a lo bestia, en las finales como líder natural que es de los de Florida, LeBron James se ha apartado gustosamente y se ha dedicado a dirigir a los suyos. Él quiere el anillo y hará lo que sea para lograrlo. Dicen los que más saben de esto que Miami no tiene un base (Bibby no ejerce como tal, solo tira de tres cuando está solo y muy pocas veces sube la pelota), pues yo pienso que en LeBron tiene a uno. Que a nadie se le olvide que la asistencia a Bosh que le ha dado la victoria en el tercer partido a Miami viene del de Akron, y que nadie se le olvide que excepto dos malas decisiones en el último cuarto, James hizo un gran alarde de dirección del juego, pasando y sin precipitarse y encima defendiendo bastante bien (defensa, defensa, que para eso tiene el físico que tiene). A todo esto agregó 17 puntos para colaborar con la exhibición de Wade y retomar la ventaja de campo.



Vamos que LeBron dista ya mucho de ser ese jugador que jugaba por él y para él en Cleveland (aún así repartía mucho juego y aún así esos han sido los mejores años de los Cavs en mucho tiempo) y llegó a Miami aceptando su rol de escudero de Flash Wade. Y aunque se ha dudado de ese rol en muchas veces (sobre todo cuando se sacó la estadística de quién se tiraba las últimas bolas en Miami), si cuando llega la hora de la verdad, cuando se deciden los MVP, sabes dar este paso al lado, es que va a ser que si que sabe también ser ese jugador de equipo que se necesita para ganar anillos. Porque, para el que no lo sepa, LeBron llegó a la NBA después de jugar durante toda su infancia con los mismos chicos, en Akron, su ciudad natal, donde aprendió después de caer en alguna ocasión, que solo jugando en equipo se llega a ganar grandes cosas en un juego tan de conjunto como es este del baloncesto. Sinceramente, no es tiempo de comparar a LeBron con nadie, como tampoco hay que hacerlo con Nowitzki y Bird (el otro tema de moda). Es tiempo de disfrutar de todos ellos y hacerlo del presente, sin caer en los vicios del pasado. Es tiempo de disfrutar de ese hombre (llámenlo rey, si les place, pero yo no usaré ese término hasta que no se corone) omnipresente en una pista de baloncesto.

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